Cómo afectan las discusiones de los padres al cerebro de los niños desde la primera infancia

Los especialistas explican que un niño que crece en un clima de discusiones frecuentes puede aprender a estar en alerta incluso antes de aprender a hablar. Esto significa que su sistema nervioso se acostumbra a funcionar en un estado de vigilancia continua, esperando que algo negativo ocurra. Con el tiempo, este patrón puede influir en su forma de relacionarse, en su manejo de las emociones y en su capacidad para regular el estrés.

Es importante aclarar que no se trata de demonizar los desacuerdos. Las diferencias existen en todas las familias y forman parte de la vida adulta. El problema no es la discusión en sí, sino la manera en que se da y la frecuencia con la que ocurre. Cuando los conflictos se expresan con gritos, descalificaciones o tensión prolongada, el impacto emocional en los niños es mayor. En cambio, cuando los adultos logran resolver desacuerdos con respeto, tono moderado y sin violencia verbal, el mensaje que recibe el niño es muy distinto.

El cerebro infantil aprende observando. Aprende cómo se manejan las emociones, cómo se resuelven los conflictos y cómo se expresa el enojo. Si lo que ve a diario son reacciones intensas y desbordadas, tenderá a incorporar esos modelos como normales. Por el contrario, si presencia intercambios donde se baja la voz, se escucha al otro y se busca una solución, aprende que el conflicto no equivale a peligro.

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