Valeria iba a responder, pero un ruido a sus espaldas la hizo girar. La puerta principal se abrió de golpe y unos tacones resonaron en el mármol. No era el padre. Era una mujer joven, de no más de 23 años, vestida con ropa de marca, que subió las escaleras con una sonrisa perversa y 2 maletas gigantes.
—Ay, por favor, mocosas —dijo la mujer, mirando a las 6 hijas con asco—. Ya dejen el drama. Mañana mismo mando sacar todas las porquerías de su madre muerta. Esta es mi casa ahora.
Valeria sintió que la sangre se le helaba. Las 6 niñas levantaron sus armas improvisadas, temblando de rabia y dolor. Nadie en la ciudad sabía lo que realmente estaba pasando en esa casa, y Valeria estaba a punto de presenciar un infierno que iba mucho más allá de niñas malcriadas. No podía creer lo que estaba a punto de suceder.
PARTE 2
El ambiente en el pasillo se volvió tan pesado que costaba respirar. Valeria observó a la recién llegada, una influencer llamada Paola, cuya única credencial parecía ser el anillo de diamantes que brillaba ostentosamente en su mano izquierda. Mariana, la madre de las 6 niñas, había fallecido en un trágico accidente de auto apenas 2 meses atrás. Y ahora, mientras el luto aún sangraba en cada rincón de la mansión, el padre había metido a una extraña a vivir con ellas, alguien que apenas superaba en edad a la hija mayor.
Las 37 niñeras no habían huido porque las niñas fueran monstruos. Habían huido porque la casa era una zona de guerra activa entre el dolor puro de 6 huérfanas y la crueldad superficial de una madrastra impuesta, mientras el padre se escondía en el trabajo por pura cobardía emocional.
—Tú —ladró Paola, chasqueando los dedos frente al rostro de Valeria, sacándola de sus pensamientos—. Eres la nueva sirvienta, supongo. Perfecto. Quiero que subas al cuarto principal y metas toda la ropa, los perfumes y las fotos de la difunta en bolsas negras de basura. Lo quiero todo en el contenedor de afuera antes de que Alejandro baje a cenar.
El silencio que siguió a esa orden fue ensordecedor. Romina, la joven de 16 años, apretó el palo de golf con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Las gemelas de 8 años comenzaron a llorar en silencio, aferrándose la una a la otra. La más pequeña, de apenas 5 años, abrazaba un suéter viejo que todavía conservaba el olor de su madre.
Las niñas miraron a Valeria. Era el mismo patrón: otra empleada que agacharía la cabeza, obedecería las órdenes de la nueva dueña para conservar el empleo y pisotearía la memoria de su madre. Las 6 se prepararon para atacar. Levantaron la pintura, listas para lanzar el primer golpe y obligar a Valeria a huir como a las otras 37.
Pero Valeria no se movió. Lentamente, miró las bolsas de basura que llevaba en su carrito de limpieza, luego miró a la arrogante mujer y, finalmente, a las 6 niñas destruidas por el abandono.
—No —dijo Valeria. Su voz no tembló. Fue una sílaba clara y cortante que resonó en todo el piso.
Paola parpadeó, incrédula, como si le hubieran hablado en otro idioma.
—¿Perdón? ¿Qué dijiste, gata?
—Dije que no —repitió Valeria, alzando la barbilla y dando un paso hacia adelante, interponiéndose físicamente entre Paola y las niñas—. Fui contratada para limpiar suciedad, no para borrar la memoria de una madre muerta. Si quiere tirar sus cosas, hágalo usted misma. Pero le advierto que no voy a permitir que lo haga frente a estas niñas.
Romina bajó lentamente el palo de golf. Las 6 hermanas intercambiaron miradas de completo shock. Era la primera vez en 14 días que un adulto las defendía.
El rostro de Paola se contorsionó de rabia.
—¡Estás despedida! —gritó, histérica—. ¡Largo de mi casa ahora mismo! ¡Alejandro! ¡Alejandro, sube de inmediato!
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