La mejor cena de mi vida
Regresé a mi mesa.
Pedí el plato más caro que jamás me había permitido ordenar.
Cené despacio.
Disfruté cada bocado.
No porque fuera una gran comida.
Sino porque representaba algo mucho más importante.
Respeto propio.
Aquella noche no perdí a mi hijo.
Perdí la costumbre de suplicar cariño.
Y esa fue una victoria mucho más grande.
Al terminar, dejé una buena propina al camarero.
—Gracias por venir, señora Carmen —me dijo.
Sonreí.
—Gracias por recordarme que todavía sé disfrutar de mi propia compañía.
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