El joven aseguró haber sentido que algo lo manipulaba, algo que se presentaba con un aire casi infantil, pero que le causaba un dolor emocional mucho más profundo que cualquier daño físico. Lo comparó con el sentimiento desgarrador de perder a un ser querido, una aflicción del alma que superaba cualquier castigo imaginable. “Fue como si una entidad jugara conmigo, como un gato juega con su presa, sin compasión, solo por entretenimiento”, escribió en su publicación.
Además, el mensaje que recibió en esa experiencia lo dejó perturbado: le aseguraron que, si lograba convencer a otros de lo que había vivido, se enfrentaría a sufrimientos aún mayores si alguna vez regresaba a ese lugar. Según sus palabras, no obtuvo ningún tipo de redención ni respuestas espirituales, solo una advertencia disfrazada de recompensa.
Con el tiempo, y gracias a cirugías y un marcapasos, logró recuperarse físicamente. Pero la huella emocional que dejó aquel suceso nunca desapareció. De hecho, su visión sobre la fe cambió por completo. “Ya no le doy gracias a Dios por nada”, confesó. “Lo que vi no me salvó. Me dejó confundido, dolido y lleno de preguntas.”
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