Había reservado una mesa para diez personas para festejar sus 80 años. Pero la única persona que se le acercó en toda la noche fue el gerente

Luego vio los gorritos de fiesta de cartón que ella mismita había acomodado en cada lugar con un cuidado que partía el alma.
Luego vio el adorno de mesa de «Feliz Cumpleaños» que traía desde su casa. Como si fuera de lo más normal que uno mismo tenga que cargarse su propia fiesta.
Su celular estaba paradito junto a su copa. Bien muerto. Sin una sola línea.
— A lo mejor se les hizo tarde… —susurró, y la voz se le quebró completita—
. Ya ve cómo se pone el tráfico en la ciudad… —Apretó los dientes, intentando aguantar el llanto—.
Pero tiene razón, joven. No necesito tanto espacio.
Le temblaban las manos mientras empezaba a guardar sus adornos despacito, como escondiendo algo de lo que sentía mucha vergüenza.
Y yo, ahí metido en mi esquina, sentí cómo se me hacía un nudo de esos bien perros en la garganta. De esos que no piden permiso.
Me levanté, agarré mi plato y caminé bien decidido hacia ella.
— ¡Ah, conque aquí estabas! —exclamé bien fuerte, para que el gerente alcanzara a oír—
. ¡Perdóname, jefa, de veras! No encontraba dónde estacionar el carro por ningún lado.
El gerente nomás parpadeó todo sacado de onda. La señora levantó la mirada hacia mí, bien confundida, y ya traía los ojos llenos de lágrimas.
— ¿Mande? —alcanzó a decir, tartamudeando.
Me senté enfrente de ella con tanta naturalidad, como si ese lugar hubiera sido mío toda la vida.
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Me incliné tantito hacia adelante para que nomás ella me escuchara.
— Es que… lo escuché todo —le dije quedito—.
Y mi conciencia no me iba a dejar en paz si la dejaba festejar solita. —Le solté una sonrisa—. A mí también me plantaron mis compas hoy.
Me quedé ahí como menso viendo mi plato. Y la verdad, yo odio comer solo. ¿Me da chance de pegarme a su cumple?
Se quedó dudando. Me revisó mis botas de trabajo, mi playera un poco llena de polvo de la chamba. Luego volvió a ver las sillas vacías.
Y de repente, se le ablandó la mirada. Como si por fin algo se hubiera acomodado en su lugar.
— Bueno… —dijo, acomodándose su banda de cumpleañera—
. Ni modo de dejar que los antojos se echen a perder. Pero te advierto: soy bien habladora, mijo.

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