Niña de 8 años le cede su asiento a un “anciano pobre” en el camión. Horas después, 3 camionetas blindadas rodean su casa y ocurre lo impensable…

PARTE 2

El abogado irrumpió en la casa de Rosa sin pedir permiso, pateando con desprecio un bote de pintura que servía como silla. Los otros 2 hombres se quedaron flanqueando la puerta, como muros de contención.

—Vamos al grano —dijo el abogado, lanzando la carpeta sobre la mesa donde Rosa amasaba—. Usted y su hija de 8 años son unas estafadoras. Tenemos pruebas de que entrenó a la niña para acercarse a ancianos vulnerables en el transporte público, ganarse su confianza y sacarles dinero.

Rosa, temblando pero con el instinto protector encendido, agarró el rodillo de madera.

—¡Yo no sé de qué me habla! ¡Sálgase de mi casa o grito! Mi hija solo fue a la escuela hoy.

El hombre soltó una risa fría y sacó un fajo de billetes, dejándolo caer junto a la masa.

—Aquí hay 50000 pesos. Va a firmar esta confesión aceptando que intentó extorsionar al señor Roberto Garza, y va a desaparecer de Monterrey mañana mismo. Si se niega, llamo al DIF en este instante. En 24 horas, su hija estará en un orfanato y usted en el penal del Topo Chico. Usted elige: o toma el dinero y huye, o le destruyo la vida.

El corazón de Rosa latía con tanta fuerza que le dolía el pecho. Pensó en Valeria, que en ese momento estaba en el cuarto trasero haciendo la tarea, ajena al monstruo que amenazaba con devorar su mundo. Rosa miró los billetes. Eran más de lo que ganaría en 2 años limpiando pisos. Pero también miró la puerta, y la dignidad de su hija.

—Mi niña no es una delincuente y yo no soy una ratera —respondió Rosa, con la voz firme, empujando el dinero de vuelta—. Llévese su porquería. ¡Váyase!

El abogado la miró con odio, sacó su celular y marcó un número.
—Manden a la patrulla. La mujer no quiso cooperar.

Justo cuando Rosa creyó que el mundo se le venía encima, el rugido de 4 camionetas idénticas cimbró la calle de tierra. Las luces altas iluminaron la humilde fachada. Los 2 guardaespaldas de la puerta se tensaron y retrocedieron.

Un hombre bajó de la camioneta principal. Ya no llevaba el sombrero de paja ni la camisa rota. Vestía un traje sastre hecho a la medida, zapatos impecables y se apoyaba en un bastón con empuñadura de plata. Su sola presencia irradiaba un poder absoluto.

Era Roberto Garza. Y no venía solo; lo acompañaban sus verdaderos hombres de confianza.

Entró a la casa, ignorando la pequeñez del lugar. Clavó sus ojos grises en el abogado de su hija.

—Estás despedido, Arturo —dijo don Roberto, con un tono que heló la sangre de todos en la habitación—. Y dile a Marcela que si vuelve a mandar a sus perros a asustar a una familia inocente, la voy a dejar en la calle. ¡Largo de aquí!

El abogado recogió el dinero torpemente y huyó junto con sus matones, perdiéndose en la oscuridad. Rosa, aún sosteniendo el rodillo, cayó de rodillas, llorando de impotencia y terror. Don Roberto se acercó lentamente y le ofreció una de sus manos, aquellas mismas manos temblorosas que Valeria había visto en el camión.

—Levántese, señora Rosa. Le ofrezco una disculpa por la basura que es mi familia —dijo el anciano, con la voz quebrada.

Valeria asomó la cabeza desde el cuarto y corrió hacia el anciano.
—¡Don Roberto! ¡Sí llegó bien a su casa!

Él sonrió, acariciando la cabeza de la niña. Esa noche, sentado en un bote de pintura invertido, el hombre de 82 años, dueño de 14 plantas acereras y con una fortuna incalculable, les contó la verdad.

Hacía 3 años que le habían diagnosticado un principio de Parkinson. Su hija mayor, Marcela, había estado utilizando eso como excusa para declararlo mentalmente incompetente y tomar el control total del Grupo Garza. Lo seguían, lo espiaban y buscaban cualquier comportamiento “errático” para presentarlo ante un juez.

—Por eso me escapo 1 vez al mes —confesó el millonario, aceptando un vaso de agua de limón que Rosa le ofreció—. Me visto con ropa vieja y me subo a los camiones. Quería saber si esta ciudad que ayudé a construir todavía tenía alma. Quería saber si alguien vería a un viejo inútil y le tendería la mano sin esperar nada a cambio. Hoy, su hija fue la única en 4 años que lo hizo.

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