No se refería a cualquier casa.
Era el hogar donde había vivido toda su vida. La casa que había construido junto a su esposa fallecida. El lugar donde había criado a su hijo y donde había visto dar los primeros pasos a su nieta.
Nadie pudo convencerlo de cambiar de opinión.
—Las paredes pueden reemplazarse —dijo—. Los sueños de una persona, no.
Pocas semanas después, la propiedad fue vendida por sesenta mil dólares. El dinero alcanzaba para cubrir la matrícula, los gastos de alojamiento y gran parte de la carrera universitaria.
Emilia lloró cuando se despidió de aquella casa.
Prometió una y otra vez que jamás olvidaría el sacrificio de su abuelo.
Durante los primeros meses de universidad, llamaba todos los días. Contaba emocionada las clases, los profesores y los nuevos conocimientos que estaba adquiriendo.
Pero con el paso del tiempo, algo empezó a cambiar.
La universidad estaba llena de estudiantes provenientes de familias adineradas: hijos de empresarios, políticos y dueños de clínicas privadas. Emilia comenzó a rodearse de ellos. Poco a poco, dejó de hablar sobre ayudar a las personas y empezó a hablar sobre prestigio, contactos, influencias y dinero.
Las llamadas se hicieron menos frecuentes.
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