Si esperas a tener sed, ya vas con desventaja. La sed es la forma en que tu cuerpo te avisa que le faltan líquidos. Para prevenir la deshidratación, ten agua a mano: en tu escritorio, en tu bolso o junto a ti en casa. El objetivo es beber pequeños sorbos con regularidad a lo largo del día, especialmente con calor, al hacer ejercicio o si te sientes mal. La clave es la constancia, no la presión.
El momento oportuno lo es todo.
Beber agua en ciertos momentos puede marcar una gran diferencia. Un vaso a primera hora de la mañana ayuda a activar el metabolismo y a eliminar toxinas. Beber antes de las comidas prepara el sistema digestivo, pero durante las comidas, bebe a sorbos pequeños para evitar diluir los ácidos estomacales. ¿Y antes de acostarte? Mejor no beber si prefieres no despertarte en mitad de la noche para ir al baño.
Presta atención a tu cuerpo.
Seguramente has oído la regla de beber entre 1,5 y 2 litros de agua al día. Pero no es una regla general. Tus necesidades reales dependen de factores como la edad, el nivel de actividad, la alimentación e incluso el clima. En lugar de obsesionarte con la cantidad de vasos que bebes, aprende a reconocer las señales de tu cuerpo: labios secos, falta de energía o piel apagada podrían indicar que necesitas más agua.
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