La mayoría de los observadores —ya sea que la vieran con compasión o condena— coincidieron en una cosa: su infancia estuvo marcada por la adversidad desde el principio. La niña de aquella vieja fotografía nunca experimentó la estabilidad ni la seguridad que los niños necesitan para convertirse en adultos sanos y seguros.
Su historia sirve como un crudo recordatorio de que el sufrimiento no tratado puede tener repercusiones a lo largo de toda la vida. No justifica las decisiones que tomó después, ni borra el dolor sufrido por otros. Pero sí ofrece una perspectiva sobre cómo una vida llena de inestabilidad y trauma puede fracturar la autoestima de una persona mucho antes de que llegue a la edad adulta.
Para cuando el mundo conoció su nombre, el camino de regreso a quien podría haber sido ya había desaparecido.
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