Dentro de ellos había nueve niñas.
Todo de piel oscura.
Todo con ojos marrones amplios.
Todos alcanzan hacia arriba con brazos pequeños frágiles.
Sus gritos se superpusieron, uno lloriqueando, otro lamentándose, otros se quejaron suavemente, formando un coro desgarrador que llenó la habitación.
Richard estaba congelado.
Nueve bebés.
“Estarán Separados”
Una joven enfermera lo notó mirando.
En silencio, explicó que las niñas habían sido encontradas juntas en los escalones de la iglesia en medio de la noche, envueltas en la misma manta.
“No hay nombres. No hay nota”, dijo con suavidad. “La gente está dispuesta a adoptar uno... tal vez dos. Pero nunca todos. Pronto se separarán”.
Separado.
La palabra lo atraviesa como una hoja.
Pensó en la voz de Ana.
De su creencia de que la familia era algo elegido, no simplemente heredado.
Su garganta se apretó.
“¿Y si alguien se los llevó a todos?” Preguntó suavemente.
La enfermera casi se ríe.
“¿Los nueve? Señor, nadie puede criar a nueve bebés solos. No sin dinero. La gente pensaría que has perdido la cabeza”.
Pero Richard ya casi no la escucha.
Se acercó a las cunas.
Un bebé lo miró con una intensidad sorprendente.
Otro se acercó a la manga de su abrigo.
Un tercero se rompió en una pequeña sonrisa gomosa.
Algo en lo profundo de él se abrió.
El vacío que había llevado durante años se transformó en algo más pesado, pero vivo.
Responsabilidad.
“Los tomaré”, dijo.
Una decisión que el mundo no entendía
El papeleo se convirtió en un campo de batalla.
Los trabajadores sociales calificaron la decisión como imprudente.
Los familiares lo llamaron tonto.
Los vecinos susurraban detrás de las cortinas cerradas.
“¿Qué hace un hombre blanco criando a nueve bebés negros?”
Algunos dijeron mucho peor.
Pero Richard nunca vaciló.
Vendió su camioneta.
La joyería de Anne.
Incluso sus propias herramientas.
Trabajó doble turno en la fábrica.
Techos parcheados los fines de semana.
Tomó turnos de noche en un restaurante siempre que podía.
Cada dólar se destinó a fórmula, pañales y suministros.
Construyó sus cunas a mano.
Botellas hervidas en la estufa.
Colgó una lavandería interminable a través del patio como banderas de batalla.
Por la noche, se quedó despierto escuchando nueve pequeñas respiraciones en la oscuridad, aterrorizado de que pudiera perder incluso una de ellas.
Con fines ilustrativos solamente
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