Camila siempre había imaginado el nacimiento de su primer hijo como uno de esos momentos que se recuerdan con lágrimas de emoción: su esposo tomándola de la mano, la respiración compartida, la primera foto los tres juntos, el ramo de flores esperando en la mesa de noche. Nada de eso ocurrió. Cuando las contracciones empezaron a apretar de verdad, a las tres de la madrugada de un martes cualquiera, ella estaba sola en el departamento, con la maleta lista desde hacía dos semanas y el teléfono llamando al vacío.
Del otro lado del país, en una playa de arena blanca, Andrés dormía abrazado a otra mujer. No era la primera vez que le mentía a Camila, pero sí la más grave. Le había dicho que se iba a un congreso de tres días en Monterrey por trabajo, un compromiso ineludible del que «no podía escaparse ni aunque quisiera». Le prometió estar de vuelta antes de la fecha probable de parto, le dio un beso en la frente y salió con la maleta pequeña. Camila, con ocho meses y medio de embarazo, se había tragado la mentira porque quería creerle. Porque, después de todo, faltaban todavía dos semanas para la fecha estimada.
La noche en que todo se derrumbó
El bebé, sin embargo, no leyó el calendario. A la una y media de la mañana, Camila sintió el primer tirón fuerte. Se levantó, caminó despacio hasta la sala, respiró como le habían enseñado en el curso de preparación y esperó. A los veinte minutos vino otra contracción, después otra, y otra más. Marcó el número de Andrés. Sonó hasta el buzón. Marcó de nuevo. Buzón otra vez. Escribió un mensaje: «Creo que ya viene el bebé». Nada. Media hora después, con las contracciones cada vez más seguidas, entendió que no podía seguir esperando.
Llamó a un taxi porque su hermana vivía a dos horas en carretera y su madre había fallecido años atrás. Bajó como pudo los tres pisos del edificio, arrastrando la maleta con una mano y sosteniéndose el vientre con la otra. El taxista, un señor de unos sesenta años, le preguntó si estaba sola y ella asintió mordiéndose los labios para no llorar delante de un desconocido. En el trayecto al hospital, volvió a intentar con Andrés. Nada. Entonces, casi por instinto, buscó en su lista de contactos el nombre de doña Rosa, su suegra.
Doña Rosa contestó al segundo timbre, con la voz gastada de quien fue arrancado del sueño. Camila, entre jadeos, le contó lo que estaba pasando: que iba camino al hospital, que Andrés no le contestaba, que estaba sola. La suegra, sin dudar un segundo, le dijo que se subía al primer autobús y que en cinco horas estaba con ella. Y antes de colgar, añadió una frase que Camila jamás olvidaría: «Mija, y no te preocupes por mi hijo, que a ese lo voy a encontrar yo».
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