El incidente se repitió.
Y una vez más.
Y una vez más.
Cada vez después de vencer a Marina.
En cada ocasión, una fuerza invisible lo sacaba de la cama.
Y se despertaba con la sensación de docenas de piececitos corriendo por su espalda.
A la tercera vez, Vasil se puso a pensar.
En la cuarta ocasión, dejó de pegarle.
Al quinto día, ni siquiera alzó la voz.
Los vecinos comenzaron a murmurar.
Dijeron que el espíritu guardián de la casa había decidido proteger al dueño.
Le aconsejaron a Marina que dejara un poco de leche o un trozo de pan junto a la estufa.
Marina empezó a hacerlo.
“Gracias, buen guardián”, susurraba a veces.
Ha pasado un año entero.
Finalmente, la paz se instaló en la casa.
Marina parecía florecer.
Sonreía con más frecuencia.
El miedo desapareció gradualmente de sus ojos.
Pero ahora se enfrentaba a otro problema.
Al acercarse al lugar donde dormían los niños, tocó la frente de Olga.
Y se congeló.
El niño se estaba quemando.
La temperatura era tan alta que la piel se quemaba.
“Olga, ¿qué te pasa?”
“Tengo frío… me duele la garganta… y los huesos…”
Marina sintió que el miedo la atravesaba.
Durante semanas se había hablado en el pueblo sobre una enfermedad peligrosa.
La gente murmuraba sobre el tifus.
Para las familias que desaparecieron durante tan solo unos días.
Para casas que quedaron vacías.
Abrazó a su hija.
Y por primera vez en mucho tiempo, sintió verdadero terror.
👇La secuela 👇
Marina no durmió hasta la mañana.
Se sentó junto a la cama de Olga y le cambió las toallas mojadas de la frente.
La temperatura no bajaba.
Alrededor del mediodía, comenzaron a aparecer manchas rojas en el cuerpo de la niña.
La suegra palideció.
“¡Dios mío… es tifus!”
Vasil guardó silencio.
Por primera vez en años, parecía realmente asustado.
Ya había varios muertos en el pueblo.
La gente cerraba sus puertas con llave ante el menor síntoma de enfermedad.
Nadie quería ayudar.
Nadie quería contagiarse.
Dos días después, el hijo menor también tuvo fiebre.
Luego la suegra.
La enfermedad entró en su hogar como un enemigo invisible.
Marina se encargó de todos.
Sin dormir.
Sin descanso.
Ninguna queja.
Pero pronto sintió que sus fuerzas la abandonaban.
Le ardía la cabeza.
Las piernas se estaban ablandando.
Entonces la anciana suegra la llamó a la estufa.
De una grieta detrás de los ladrillos sacó un viejo fardo de tela descolorida, casi en descomposición.
“Toma esto.”
“¿Qué es?”
“No sé si servirá de algo. Pero mi abuela lo conservó toda su vida.”
Marina desdobló el trapo.
En el interior había un pequeño icono y una carta amarillenta.
La carta decía:
“Solo debe abrirse en tiempos de gran dificultad.”
Con manos temblorosas, comenzó a leer.
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