Todas las mañanas, antes de ir a la escuela, Maya hacía exactamente lo mismo.
Se despertaba temprano.
Preparaba un pequeño desayuno con la ayuda de su abuela.
Lo colocaba cuidadosamente en una bolsa de papel.
Y caminaba varias calles hasta una parada de autobús donde un anciano sin hogar pasaba sus días.
Muchos vecinos no entendían por qué lo hacía.
Algunos incluso le decían que estaba perdiendo el tiempo.
Pero Maya nunca dejó de ayudarlo.
Un encuentro que cambió todo
La primera vez que vio al anciano fue durante una fría mañana de invierno.
Estaba sentado solo en una esquina, envuelto en una vieja manta desgastada.
Parecía cansado.
Hambriento.
Olvidado por el mundo.
Mientras la mayoría de las personas pasaban de largo, Maya se acercó.
—¿Ha desayunado hoy? —preguntó.
El hombre sonrió débilmente.
—No, pequeña.
Aquella tarde, Maya no pudo dejar de pensar en él.
Al día siguiente regresó con un sándwich y una botella de agua.
Desde entonces, se convirtió en una costumbre diaria.
Una amistad inesperada
Con el tiempo comenzaron a hablar.
El anciano se llamaba Samuel.
Era amable.
Educado.
Y sorprendentemente culto.
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