Cuando conocí a Roberto tenía apenas 17 años.
Él tenía 19.
Nos encontramos por casualidad en una fiesta del pueblo durante el verano de 1964.
Yo llevaba un vestido blanco sencillo.
Él una sonrisa que jamás olvidé.
Nos casamos apenas ocho meses después.
Todos decían que éramos demasiado jóvenes.
Que no duraría.
Que el amor no paga las cuentas.
Pero se equivocaron.
Porque durante 62 años compartimos absolutamente todo.
Las alegrías.
Las dificultades.
La llegada de nuestros tres hijos.
La pérdida de nuestros padres.
Las mudanzas.
Las enfermedades.
Y cada pequeño momento que construye una vida entera.
Roberto no era perfecto.
Yo tampoco.
Pero siempre encontramos la manera de volver a tomarnos de la mano.
Hasta el día en que la enfermedad llegó.
Al principio fueron pequeños olvidos.
Luego diagnósticos.
Tratamientos.
Hospitales.
Y finalmente aquella mañana de invierno en la que se fue para siempre.
Tenía 81 años.
Yo 79.
Sentí que una parte de mí había muerto con él.
El día del funeral apenas podía mantenerme en pie.
Las flores cubrían la iglesia.
Familiares y amigos llenaban los bancos.
Todos hablaban de lo maravilloso que había sido.
Yo simplemente observaba el ataúd.
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