Le tomé la mano.
“Habría buscado otro trabajo, pedido dinero prestado o vendido todo lo que tenía.”
Miré el vendaje que cubría su brazo.
“Pero jamás te pediría que cambiaras una parte de ti mismo por tu futuro.”
Meses después, Dustin me mostró el tatuaje que cubría el anterior.
El retrato de Barbra había desaparecido.
En su lugar había una brújula rodeada de picos de montaña.
“Representa seguir adelante”, dijo.
Sonreí.
“Me gusta más este.”
“A mí también.”
Mientras observaba el nuevo tatuaje, me di cuenta de que el retrato nunca había sido el verdadero problema.
Lo más difícil fue comprender con qué facilidad el propio padre de Dustin lo había convencido de que su educación debía comprarse a costa de sacrificarse.
Ningún padre debería enseñarle a un hijo que el amor, la aprobación o las oportunidades deben ganarse mediante el autosacrificio.
El viejo tatuaje podía cubrirse.
La lección tardaría más en borrarse.
Solo podía esperar que Dustin jamás volviera a creer que su futuro requería que renunciara a ninguna parte de sí mismo.
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