Esa noche, sin embargo, mientras yo servía otra copa y miraba el anillo en mi dedo, sonó el timbre. Miré el reloj: eran casi las once. Fruncí el ceño y le pregunté a Andréi si esperaba a alguien. Él sonrió con una tranquilidad que me pareció extraña, se acomodó en el sillón como si estuviera en su propia sala y me dijo, con toda naturalidad:
—Es mamá. Llegó. Andá, abrí, recibí a la dueña de casa.
Me quedé paralizada, con la copa en la mano. Pensé que había escuchado mal. Le pedí que repitiera y él, con el mismo tono despreocupado, me explicó que había hablado con su madre esa misma tarde, antes de la cena, y le había dicho que se viniera con sus cosas al departamento. Que ya éramos oficialmente una familia, que su madre ya no podía seguir viviendo sola, y que mi departamento era lo suficientemente grande para los tres. Que además Valentina Petrovna iba a encargarse de organizar la casa «como corresponde», porque yo, según él, no tenía tiempo ni verdadera experiencia de ama de casa.
El timbre volvió a sonar, esta vez con insistencia. Sentí que la sangre se me subía a la cara. Le pregunté, tratando de mantener la calma, desde cuándo había decidido eso sin consultarme, y en qué momento mi departamento se había convertido en algo que él podía repartir. Andréi soltó una risa incómoda y me dijo que no hiciera un drama, que las decisiones importantes en una familia las tomaba el hombre y que su madre sabía mucho más de la vida que yo. Que fuera abriendo, que la pobre estaba cargada con maletas.
Dejé la copa sobre la mesa, caminé hasta la puerta y miré por la mirilla. Ahí estaba Valentina Petrovna, con dos maletas enormes, una bolsa de tela y esa expresión de triunfo silencioso de quien viene a instalarse por décadas. Respiré hondo. En ese momento entendí, con una claridad que casi dolía, que si abría esa puerta y la dejaba entrar, no iba a volver a ser dueña de mi vida nunca más.
No abrí. Volví a la sala, me quité el anillo del dedo y lo dejé sobre la mesa, al lado de la copa de Andréi. Le dije, con la voz más firme que pude encontrar, que se levantara, tomara sus cosas y bajara a buscar a su madre, porque en ese departamento no iba a vivir ninguno de los dos. Andréi se rió, seguro de que estaba bromeando. Después se enojó. Me dijo que estaba loca, que no podía dejarlo en ridículo, que su madre ya había alquilado su propio departamento pensando en mudarse conmigo. Le respondí que ese era problema de ellos, no mío, y que si de verdad pensaba que podía disponer de mi casa y de mi vida sin preguntarme, entonces jamás me había conocido.
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