Aquella tarde de sábado había planeado cada detalle con la ilusión de una mujer que cree estar viviendo el momento más importante de su vida. Mi nombre es Irina, tengo veintinueve años, y desde hacía casi dos había estado saliendo con Andréi, un hombre encantador, atento, con una sonrisa que parecía prometer un futuro entero. Cuando esa noche, en el pequeño restaurante donde tuvimos nuestra primera cita, sacó del bolsillo una cajita de terciopelo azul y me pidió que me casara con él, sentí que el corazón se me detenía. Dije que sí sin pensarlo, con los ojos llenos de lágrimas, y volvimos a mi departamento riendo, brindando con una botella de vino que habíamos guardado justo para una ocasión así.
Ese departamento, dicho sea de paso, no era un detalle menor. Lo había comprado con mucho esfuerzo tres años antes, trabajando dobles turnos como diseñadora en una agencia de publicidad, ahorrando cada rublo, negándome viajes, ropa nueva y hasta pequeñas alegrías. Era mío. Estaba a mi nombre, lo había pagado yo, y cada mueble, cada cortina, cada libro en el estante representaba una parte de mi historia. Andréi lo sabía. Siempre lo había admirado, o al menos eso decía cuando comentaba lo orgulloso que estaba de tener una prometida tan independiente.
Habíamos hablado, por supuesto, de mudarnos juntos después de la boda. Él vivía todavía con su madre, Valentina Petrovna, una mujer de sesenta y tantos años a la que yo había visto apenas tres o cuatro veces. En cada uno de esos encuentros me había mirado como quien evalúa una mercancía dudosa, con la boca apretada y comentarios ácidos sobre mi forma de cocinar, mi manera de vestir o el hecho de que trabajara tantas horas fuera de casa. «Una mujer casada debe estar en su hogar», decía, mientras Andréi bajaba la vista y no me defendía. Yo lo justificaba pensando que era su madre, que era mayor, que después con paciencia todo se iría acomodando.
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