Parte 2.
Karla bajó la escalera descalza, con el celular pegado a la oreja. Alcancé a oírle una frase antes de que me viera: “tranquilo, a la vieja la queremos viva, nomás firmada”. Colgó de golpe.
—¿Y usted qué hace despierta, doña? —Se rió—. ¿Le pesa la conciencia?
Yo tenía la grabadora de Lorenzo en la mano. La metí despacito a la bolsa del mandil, encima del celular que seguía grabando desde la tarde.
—Encontré los radios viejos de tu suegro —le dije, con la vocecita de tonta que ella necesitaba—. Me los pongo para no sentirme tan sola, hija.
Se le apagó el interés en la cara. Para Karla yo era un mueble que estorbaba. Pasó a mi lado, me dio un empujoncito con el hombro y subió a encerrarse otra vez.
“A la vieja la queremos viva, nomás firmada.”
Esa frase me dio más miedo que el martillo. Porque una ladrona común te quiere lejos. Pero esta gente me quería respirando. Y solo hay una razón para querer viva a una vieja que estorba: que esa vieja tenga firma. Que valga algo dormida.
Me senté en el sillón de Lorenzo, en lo oscuro, y por fin me acordé de aquella noche que llevaba treinta años fingiendo que no existió.
Mil novecientos noventa y cuatro. Yo tenía treinta y dos años y Toño estaba enfermo de los huesos, internado en el IMSS. Lorenzo llegó una madrugada con el Chuy, los dos pálidos, con cajas y unos papeles. Me puso una pluma en la mano y me dijo: “Firma aquí, Cuca, y no leas. Es por Toño. Algún día esto nos va a salvar”. Yo firmé. Confié. Firmé sin leer, porque era mi marido y mi hijo se me estaba muriendo y una hace lo que sea.
A la mañana siguiente Lorenzo renunció a su trabajo de la Secretaría y se metió de cartero. De cartero, óiganme. Un hombre que llegaba a la casa con maletines blindados, de un día para otro se puso a repartir cartas en bicicleta. Y yo, como buena tonta, pensé que lo había hecho por estar cerca del niño.
Nunca lo hizo por el niño.
Lo hizo para esconderse. Y me escondió a mí con él, sin avisarme. Yo viví treinta años de mole y boleros encima de algo que no sabía que cargaba.
Estaba en eso cuando se abrió la puerta de la calle. Eran las once de la noche. Entró Toño, mi hijo, con los ojos hinchados de tanto llorar a su padre, la corbata floja, oliendo a tequila barato.
—Apá murió y tú aquí en lo oscuro, amá —me dijo, cansado—. Karla me habló. Dice que andas rara. Que hablas sola con un radio.
Y bajó ella, claro. Bajó corriendo en bata, llorando, y se le colgó del brazo a mi hijo como una niña asustada.
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