“Si no sobrevive a la cirugía de emergencia, avísame. De lo contrario, no me hagas perder el tiempo”, le dijo mi esposo al médico sin rastro de emoción.

PARTE 1
—Si no sobrevive a la cirugía, llámame. De lo contrario, no me molestes más —dijo mi esposo a la salida de urgencias.

Esas dos frases pusieron fin a doce años de matrimonio de una forma mucho más definitiva que cualquier documento de divorcio.

Yacía tras una cortina de hospital, incapaz de moverme sin dolor. Tenía ambos brazos inmovilizados, varias costillas lesionadas y los médicos me habían curado una herida en el cuero cabelludo. La medicación me hacía ver las luces del techo borrosas, pero la voz de Adrián seguía siendo dolorosamente clara.

—Señor Vale —advirtió el cirujano—, su esposa podría perder permanentemente la movilidad en las manos.

—Es lamentable —respondió Adrián—. Pero tengo una reunión de la junta directiva.

Luego se marchó.

El monitor a mi lado emitió una alarma al aumentar mi ritmo cardíaco. Una enfermera lo llamó, pero él no se giró. No me preguntó si tenía miedo ni si lo necesitaba.

Una lágrima rodó por mi mejilla, no porque mi esposo me hubiera abandonado en el hospital, sino porque su frialdad confirmó algo que me había dado demasiado miedo creer.

Mis frenos no habían fallado por accidente.

Tres semanas antes, Eleanor Shaw, la fundadora de la empresa de inversiones que Adrian ahora dirigía, me había pedido que nos viéramos en privado.

Durante el almuerzo, se inclinó sobre la mesa y bajó la voz.

«Lena, Adrian ha estado moviendo fondos de la empresa a través de negocios que no parecen legítimos. También ha estado preguntando qué pasaría con tus acciones con derecho a voto si fallecieras».

Mi primer impulso fue defenderlo. Adrian era ambicioso y distante, pero seguía siendo mi esposo.

Eleanor colocó una pequeña grabadora encriptada frente a mí.

Para ver las instrucciones de cocina completas, vaya a la página siguiente o haga clic en el botón Abrir (>) y no olvide COMPARTIRLO con sus amigos en Facebook.