El día en que terminó todo
Una tarde, Esteban llegó más temprano de lo normal. Traía una expresión helada en el rostro. Se sentó frente a mí, dejó unos papeles sobre la mesa y dijo sin emoción:
—Firma. No quiero seguir perdiendo el tiempo.
Sentí que el aire desaparecía.
Aunque una parte de mí sabía que ese momento llegaría, escuchar aquellas palabras me atravesó el pecho. Tomé el bolígrafo con la mano temblando y firmé entre lágrimas contenidas.
En ese instante recordé todas las noches en las que cené sola. Todas las veces que me enfermé y nadie me preguntó cómo estaba. Todas las veces que lloré en silencio para no molestar.
Después fui a la habitación y guardé mis pocas cosas. En esa casa nada me pertenecía… excepto mi ropa y una vieja almohada que había llevado conmigo desde la casa de mi madre cuando me mudé a estudiar.
Era humilde, gastada, amarillenta por el tiempo, pero siempre me ayudaba a dormir. Era lo único que me hacía sentir en casa.
Cuando salía por la puerta con mi maleta, Esteban la tomó y me la lanzó con desprecio.
—Llévatela… y lávala. Seguro ya se está deshaciendo.
No respondí. Solo la abracé contra mi pecho y me fui.
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