Mi nombre es Alejandro Ibáñez, tengo 60 años y durante toda mi vida confié en los números más que en las personas. Fui director financiero de una empresa durante décadas, y aprendí algo simple: cuando algo no cuadra… es porque hay algo oculto.
Tengo una hija, Carolina, de 32 años. Es lo único que me quedó tras la muerte de mi esposa. Siempre estuve para ella: pagué deudas, cubrí errores, incluso vendí propiedades para ayudarla.
Lo hice por amor.
Hasta que ese amor empezó a sentirse… extraño.
Una mañana, Carolina y su esposo Martín me sorprendieron con un regalo: un viaje de dos semanas a un balneario. Según ellos, todo estaba pago: traslado, hotel, excursiones.
Pero algo no encajaba.
Los comprobantes eran simples impresiones, sin códigos verificables. Cuando hice preguntas, respondieron rápido… demasiado rápido.
Aun así, acepté.
El plan era simple: un taxi me llevaría a la terminal, donde supuestamente tomaría el autobús del tour.
