PARTE 1
La noche en que Alejandro Montes casi le cerró la puerta a una niña hambrienta, su mansión en Lomas de Chapultepec brillaba más que cualquier casa de la calle.
Eso fue lo primero que notó Lucía Hernández.
No vio primero la reja negra, ni las cámaras, ni los guardias dormitando dentro de la caseta.
Vio la luz.
Una luz tibia saliendo de las ventanas enormes, como si adentro todavía hubiera alguien capaz de escuchar.
Lucía tenía 11 años y cargaba a su hermanito Mateo contra el pecho.
El niño tenía la carita caliente, los labios resecos y una mano apretada en la sudadera rota de su hermana.
Ella respiró hondo.
—Por favor —susurró frente a la puerta—. Nomás una persona buena.
Luego tocó 2 veces.
Adentro, Alejandro Montes levantó la vista de unos documentos.
Era dueño de constructoras, hoteles y media ciudad, según decían los periódicos. Esa noche revisaba un contrato millonario para comprar edificios viejos en la colonia Doctores.
Un golpe suave en la puerta no pertenecía a su mundo.
Su esposa, Regina, apareció desde la escalera con una bata elegante.
—¿Quién toca a esta hora?
Alejandro revisó la cámara.
Vio a una niña flaquita, morena, despeinada, con un bebé en brazos.
Abrió apenas la puerta.
El aire frío entró al recibidor.
Lucía levantó la mirada.
—Señor… no vengo a pedir dinero. Solo quiero un vaso de leche. Es para mi hermanito.
Alejandro no contestó.
Ella habló más rápido, asustada.
—Si no tiene un vaso completo, con poquito está bien. Él no ha comido.
Regina se acercó detrás de Alejandro.
Su rostro cambió al ver a la niña.
—Alejandro, cuidado. Ya sabes cómo está la cosa. Puede ser una trampa.
Lucía apretó más a Mateo.
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