Esa misma tarde, la vi entrar a la oficina del director, don Efraín Cárdenas. Estuvieron encerrados casi una hora. Yo estaba en el pasillo, fingiendo tejer, pero alcancé a escuchar pedazos: «expediente incompleto», «voy a denunciar esto».
Al día siguiente, Yulieth entró a mi cuarto a las seis de la mañana. Cerró la puerta con seguro. Se sentó en el borde de mi cama y me tomó las manos.
—Doña Elvira —me dijo—, sus hijos no la abandonaron.
Yo la miré sin entender. Sentí que el cuarto giraba.
—¿Cómo así, mija? ¿Qué está diciendo?
Yulieth sacó del bolsillo del uniforme unos papeles doblados. Los abrió despacio.
—Sus hijos han venido. Han venido muchas veces.
—Eso no puede ser —le dije—. Yo estoy aquí todos los días. Yo los habría visto.
—No, doña Elvira. Ellos vienen, pero don Efraín les dice que usted no quiere verlos. Que usted pidió que no la molestaran. Que usted los renegó desde que llegó.
Sentí que el aire se me acababa.
—Aquí está el registro de visitas —siguió Yulieth, mostrándome una hoja llena de firmas—. Ricardo Monsalve vino en 2014, en 2015, en 2016 dos veces. Marta Monsalve vino en 2017 con dos niños pequeños. Julián vino hace apenas ocho meses. Todos firmaron. A todos los rechazaron en la puerta.
Yo empecé a temblar. Le agarré las manos a Yulieth con toda la fuerza que me quedaba.
—Pero, ¿por qué? ¿Por qué don Efraín haría eso?
Yulieth bajó la mirada.
—Porque el asilo cobra una pensión mensual muy alta por usted, doña Elvira. La paga una cuenta a nombre suyo, del dinero que quedó de la venta de la finca de Aureliano. Si usted se va con sus hijos, don Efraín pierde esa plata. Pierde plata con cada anciano que reclaman.
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