Y ahí entendí todo.
Once años. Once Navidades. Once cumpleaños. Once años de creer que era una madre desechada, cuando en realidad mis tres hijos habían venido a buscarme y les habían mentido en la cara.
—Yulieth —le dije con la voz quebrada—, ¿usted puede ayudarme a llamarlos?
Ella sacó su celular.
—Ya los llamé anoche, doña Elvira. A los tres. Ricardo lloró en el teléfono como un niño. Marta salió esta madrugada de Bogotá manejando. Julián viene en un vuelo desde Medellín.
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