Yulieth me miró a los ojos.
—Van a llegar hoy. Los tres. Antes del mediodía.
Miré el reloj de la pared. Eran las 6:47 de la mañana.
Le pedí a Yulieth el vestido azul de flores. La peineta de carey. Que me peinara como antes.
A las 11:20, escuché tres carros frenar en el portón. Escuché voces. Escuché a mi hijo Ricardo gritar el nombre de don Efraín con una rabia que nunca le había oído.
Y después escuché los pasos corriendo por el pasillo. Tres pares de pasos. Los pasos que llevaba once años esperando.
La puerta de mi cuarto se abrió de golpe.
Y por primera vez en once años, tres meses y quince días, dejé de estar sola.
