Cuando abrí la puerta del taller, contuve la respiración.
El pesado banco de trabajo de roble de David estaba destrozado. Los cajones estaban volcados. Las herramientas estaban esparcidas por el suelo. Parecía como si alguien hubiera estado buscando algo desesperadamente.
Emily estaba arrodillada en medio del desorden.
Apretaba contra su pecho un bulto envuelto en tela blanca.
Cuando me vio, se quedó paralizada.
—Dios mío —susurré—. ¿Qué haces aquí?
No respondió.
Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no aflojó el bulto.
—Emily —dije con la voz quebrada—. ¿Qué es eso?
Tragó saliva.
—Es tuyo.
La miré fijamente. —¿Qué?
—Siempre lo fue —dijo en voz baja—. Papá me pidió que te lo diera el día que murió. Lo escondí durante cinco años. Pero ahora es el momento.
La habitación pareció tambalearse bajo mis pies.
—Dámelo —dije.
Emily se levantó lentamente y cruzó los restos del taller. Sus manos temblaban al entregarme el paquete.
Estaba envuelto en una vieja funda de almohada que reconocí de hacía años.
Me senté en el suelo polvoriento, con el cochecito cerca. Emily se sentó frente a mí, con las rodillas casi tocándose.
Desenvolví la tela con cuidado.
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