PARTE 1
“¿Cómo pudiste regalar lo último que te dejó tu papá?”
Eso fue lo primero que le grité a mi hijo Mateo cuando lo vi parado en la entrada, empapado de pies a cabeza, temblando como si hubiera caminado bajo un aguacero durante horas.
Tenía doce años.
La camisa del uniforme se le pegaba al pecho, los tenis hacían charquito sobre el piso y el cabello le escurría sobre la frente. Yo acababa de colgar una llamada de la farmacia, donde todavía tenían registrado el nombre de Daniel, mi esposo fallecido, en una receta que ya nadie iba a recoger.
Y entonces vi que Mateo no traía el paraguas azul.
Ese paraguas no era caro. Lo habían comprado en un tianguis de la colonia, con mango de madera, una varilla chueca y un botón plateado que siempre se atoraba. Pero por dentro, en la cinta, Daniel había escrito con plumón negro:
“Mateo Ramírez. Si se pierde, favor de cuidarlo. Es de mi campeón.”
Daniel se lo dio dos meses antes de morir.
Desde entonces, Mateo lo llevaba a todos lados. No porque lloviera siempre, sino porque era una forma de llevar a su papá con él.
“¿Dónde está?” le pregunté, aunque ya sabía que algo malo había pasado.
Mateo bajó la mirada.
“Se lo di a una señora.”
Sentí que se me cerraba la garganta.
“¿Se lo diste? ¿Así nada más?”
“Estaba en la parada de la Ruta 47”, dijo rápido, como si necesitara explicarse antes de que yo lo destrozara. “Estaba embarazada, mamá. Muy embarazada. Estaba llorando. Su chamarra estaba toda mojada y nadie la ayudaba.”
“¿Y también le diste tu chamarra?”
Mateo asintió con vergüenza.
“Tenía frío. Yo podía llegar a casa. Ella no sabía ni si el bebé estaba bien.”
Me quedé helada.
Quise seguir enojada. Quise decirle que no entendía, que ese paraguas era de su padre, que no podía ir por la vida regalando lo único que nos quedaba de Daniel.
Para ver las instrucciones de cocina completas, vaya a la página siguiente o haga clic en el botón Abrir (>) y no olvide COMPARTIRLO con sus amigos en Facebook.
