Recibí 100 rosas amarillas mientras mi esposo estaba de viaje de negocios; la cantidad de flores me hizo llamar a la policía.

PARTE 1 — LAS ROSAS SIN NOMBRE
El ramo llegó poco después del mediodía.

Cien rosas amarillas.

Acababa de enjuagar mi taza de café cuando el timbre resonó en la silenciosa casa. Mi esposo, Daniel, supuestamente estaba de viaje de negocios durante una semana, así que no esperaba a nadie.

Al abrir la puerta, un repartidor estaba detrás de una enorme pared de flores doradas.

—¿Amber?

—Sí.

—Son para ti.

El ramo era tan pesado que tuve que sujetarlo con ambas manos. Las rosas eran perfectas, sus pétalos brillaban bajo la luz de la tarde.

—Alguien debe de querer impresionarte mucho —dijo el repartidor.

Busqué entre las flores una tarjeta.

No había ninguna.

—¿Sin mensaje?

Comprobó la pequeña etiqueta de la floristería.

—Solo tu nombre.

Al principio, sonreí.

Daniel nunca había sido bueno con las notas románticas. Una vez me envió un collar sin tarjeta y luego afirmó que la joya hablaba por sí sola. Después de dieciocho años de matrimonio, conocía su discreta manera de demostrar afecto.

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