Desde que su esposo murió en un accidente de construcción, ella tuvo que convertirse en padre y madre al mismo tiempo.
No tenía negocio, no tenía ahorros, no tenía ninguna herencia importante.
Lo único que le quedó fue una casita modesta y un pequeño terreno que habían pertenecido a su marido, en un pueblo sencillo de Puebla, donde todos se conocían y donde la vida nunca había sido fácil.
Con el paso de los días, Doña Teresa sentía cada vez más el peso de la soledad.
El silencio de la casa le dolía.
La ausencia de su esposo se le metía en el pecho como una piedra.
Pero, aun así, hubo algo que nunca soltó: los sueños de sus hijos.
LA MADRE QUE LO VENDIÓ TODO POR SUS HIJOS
Todos los días, antes de que saliera el sol, Doña Teresa ya estaba despierta.
Encendía el fogón, preparaba tamales, atole y pan casero, y luego se iba al tianguis con una canasta entre los brazos.
Aguantó cansancio, calor, hambre y humillaciones.
Se pasaba horas de pie solo para que a Emiliano y a Julián no les faltara ni para los útiles ni para el pasaje.
Una noche, mientras los muchachos estudiaban bajo la luz débil de un foco que apenas alumbraba el cuarto, Emiliano se acercó a ella.
—Mamá, algún día quiero ser piloto.
Ella lo miró con una sonrisa cansada, de esas que solo nacen del amor y del sacrificio.
—Donde sea, hijo… mientras ustedes no dejen de estudiar.
Y así comenzó la etapa más difícil.
Se fueron a rentar un cuartito pequeño, pegado al mercado, con techo de lámina y paredes húmedas.
En tiempo de lluvia, el agua se metía por las esquinas.
En tiempo de calor, el cuarto parecía un horno.
Pero Doña Teresa nunca se quejó.
Lavaba ropa ajena.
Vendía comida.
Barría casas.
A veces limpiaba patios, a veces cuidaba niños, a veces aceptaba cualquier trabajo que apareciera.
Todo, absolutamente todo, era para pagar las colegiaturas, los libros y los gastos de sus hijos.
Y aunque el cuerpo ya le dolía, seguía adelante.
Porque cada vez que miraba a Emiliano y a Julián estudiar hasta la madrugada, sentía que el sacrificio sí valía la pena.
Doña Teresa tenía cincuenta y seis años y era viuda.
Solo tenía dos hijos: Emiliano y Julián.
Desde que su esposo murió en un accidente de construcción, ella tuvo que convertirse en padre y madre al mismo tiempo.
No tenía negocio, no tenía riquezas, no tenía a nadie que la rescatara.
Solo le quedaba su fe, sus manos cansadas y la esperanza de que sus hijos algún día pudieran vivir mejor que ella.
LA SOLEDAD DE UNA MADRE QUE RESISTIÓ
Los años siguieron pasando.
Emiliano terminó sus estudios relacionados con la aviación.
Julián fue detrás de él, aferrado al mismo sueño.
Ambos querían volar.
Ambos querían romper el destino de pobreza que parecía perseguir a su familia.
Pero la vida no les abrió el camino de inmediato.
Para seguir avanzando, para pagar certificaciones, horas de vuelo y todo lo que exigía ese mundo tan caro, tuvieron que irse lejos.
Primero a otras ciudades, luego fuera del país.
Trabajaron sin descanso, ahorraron cada peso, soportaron desvelos, nostalgias y años de ausencia.
Antes de partir, abrazaron a su madre con fuerza.
—Mamá, vamos a volver.
—Y cuando lo logremos, tú vas a ser la primera en subir al avión con nosotros.
Doña Teresa sonrió con los ojos húmedos y les acarició la cara como cuando todavía eran niños.
—No se preocupen por mí. Nomás cuídense mucho. Lo único que quiero es que estén vivos y estén bien.
Y desde entonces, ella esperó.
Esperó en silencio.
Esperó entre oraciones.
Esperó entre domingos vacíos, fechas especiales sin abrazos y noches en las que se dormía mirando el techo, preguntándole a Dios cuándo volvería a ver a sus muchachos.
Veinte años.
Veinte años de paciencia.
Veinte años de fe.
EL DÍA DEL REGRESO
Una mañana, cuando el sol apenas comenzaba a iluminar la calle, tocaron a la puerta de su pequeña casa.
Doña Teresa fue a abrir sin imaginar nada.
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