La reflexión espiritual de Santa Brígida sobre por qué algunas personas prosperan pese a obrar mal.

La respuesta que cambia la forma de mirar el mundo

La respuesta que recibe no es emocional ni ambigua. Es una explicación directa, casi contable, que transforma por completo la perspectiva humana.

Dios le revela que su justicia no deja nada sin pagar: ningún bien queda sin recompensa, ningún mal sin consecuencia. Pero la clave está en cuándo y con qué moneda se paga.

Los malvados, aunque vivan de espaldas a la gracia, no son incapaces de hacer pequeños bienes: un gesto solidario ocasional, una obra útil, un acto de compasión puntual. Y Dios, por ser justo, debe retribuir esos actos.
Sin embargo, como esas personas han cerrado su corazón a lo eterno, solo queda una moneda disponible: la prosperidad temporal.

Así, el éxito del malvado no es una bendición amorosa, sino un salario adelantado, un finiquito. Dios les paga todo aquí y ahora para no deberles nada después. Salud, dinero, fama, placeres: todo entregado en la tierra, porque en la eternidad su saldo será cero.

Lo que desde afuera parece privilegio, desde esta lógica es una despedida.

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