La reflexión espiritual de Santa Brígida sobre por qué algunas personas prosperan pese a obrar mal.
La misericordia que también se esconde detrás del éxito
La revelación va aún más lejos. Dios permite esta prosperidad como un último acto de misericordia, esperando que la gratitud ablande el corazón del pecador y lo conduzca al arrepentimiento. Pero cuando esa abundancia se usa para alimentar el orgullo y la burla, la prosperidad se convierte en condena.
Hay una frase que estremece:
Dios les concede el paraíso en la tierra porque sabe que es el único paraíso que tendrán.
En ese momento, la indignación de Brígida se transforma en compasión. Comprende que envidiar la vida del malvado es como envidiar la última cena de un condenado.
El sentido oculto del sufrimiento del justo
Entonces surge la otra gran pregunta:
¿Y qué ocurre con quienes intentan vivir bien y sufren?
La respuesta es tan dura como esperanzadora. Los justos también tienen deudas: pequeñas faltas, apegos, impaciencias. Y Dios, que los ama y los quiere limpios para la eternidad, les cobra esas deudas aquí, en la tierra.
El sufrimiento del justo no es abandono, es purificación. No es castigo, es medicina. Cada dolor aceptado con fe cancela una deuda futura. Cada humillación limpia una mancha del alma. Por eso, el sufrimiento del bueno tiene peso eterno, aunque sea incomprendido por el mundo.
La prosperidad del malvado, en cambio, es liviana como paja: brilla, pero no pesa nada ante la eternidad.
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