Hay una pregunta que atraviesa siglos, culturas y credos. Una pregunta que suele aparecer en silencio, cuando nadie nos ve, justo en los momentos en que la vida aprieta:
¿Por qué a quienes hacen el mal parece irles mejor que a quienes intentan vivir con rectitud?
¿Por qué el corrupto prospera, el mentiroso asciende y el soberbio parece intocable, mientras el honesto lucha para llegar a fin de mes, el justo enferma y el que obra con buena intención acumula derrotas? Esta aparente injusticia ha quebrado la fe de muchas personas a lo largo de la historia.
La angustia que también sintió Santa Brígida
Santa Brígida de Suecia vivió en un tiempo marcado por abusos de poder, nobles despiadados y una miseria que golpeaba con especial dureza a los más piadosos. Ella misma fue testigo de cómo hombres crueles celebraban banquetes y acumulaban riquezas, mientras viudas y huérfanos fieles morían de frío y abandono.
Esta contradicción no despertó en ella envidia, sino una angustia profunda. Si Dios es justo, ¿cómo puede permitir semejante desequilibrio? En una de sus revelaciones más impactantes, Brígida se atreve a presentar esta pregunta ante Dios sin adornos ni diplomacia, como portavoz de la humanidad confundida.
Ella observa que los malvados parecen protegidos por una suerte inquebrantable: negocios exitosos, salud robusta, prestigio social. Y lo peor de todo es que su prosperidad se convierte en un argumento contra la fe: muchos concluyen que no hace falta ser bueno para que la vida funcione.
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