Entonces todo encajó de una manera horrible. A mí me había dicho que iba a salvar vidas. A Mariana le dijo que iba a elegirla. A su madre le dijo que eran vacaciones. A todos nos había dado una verdad distinta para mantenernos dentro de su plan.
—Tú no proteges a la gente —le dije—. La administras.
Alejandro levantó la mirada.
—Quería llegar con pruebas antes de destruir la imagen que tenías de tu padre.
—No. Querías controlar el momento, las palabras y el daño. Querías que la verdad te necesitara para salir.
Él no pudo negarlo.
Ernesto tomó la solicitud del préstamo.
—Tu investigación no explica esta firma falsa.
—Yo no falsifiqué la firma de Daniela —dijo Alejandro.
—Pero abriste la puerta.
—Sí.
—Y metiste su casa de Valle de Bravo en una operación con Ricardo Colín.
Alejandro sacó una llave pequeña de latón del bolsillo de su chamarra mojada. La puso sobre el escritorio.
La etiqueta decía:
Valle de Bravo — embarcadero.
Sentí que se me cortaba el aire.
—¿Qué es eso?
—Elena me la dio la última vez que la vi —dijo Alejandro—. Dijo que Roberto dejó algo escondido bajo el piso del embarcadero. Pruebas contra Samuel. Y algo para ti.
—¿Cuándo fue la última vez que la viste?
—Hace cinco años.
—¿Y tampoco me lo dijiste?
—Ella desapareció. Yo pensé que Ricardo la había encontrado.
—Pensaste muchas cosas. Decidiste todas solo.
Él aceptó el golpe sin defenderse.
—Lo siento.
—No uses esa palabra para cubrir un incendio.
Alejandro guardó silencio.
Yo tomé la llave.
Por primera vez en toda la noche, sentí algo distinto al dolor. No era esperanza. Era dirección.
—Mañana iré a Valle de Bravo —dije.
—Voy contigo —dijo Alejandro.
—No.
—Daniela, si Ricardo sabe lo que hay ahí…
—No vas conmigo.
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