Ernesto intervino.
—Iremos con un notario, un cerrajero y seguridad privada. Todo se documentará.
Miré a Ernesto.
—¿“Iremos”?
—Tu padre me hizo responsable de ese expediente.
—Mi padre hizo responsable a demasiada gente de demasiadas mentiras.
Ernesto no discutió.
Entonces mi celular recibió un correo sin nombre de remitente.
Asunto:
NO VAYAS A VALLE DE BRAVO CON ERNESTO SALVATIERRA.
Lo abrí.
Había una fotografía tomada esa misma noche, desde el edificio de enfrente. Se veía la ventana del despacho. Yo estaba junto al escritorio. Ernesto detrás de mí. Alejandro cerca de la puerta.
Debajo de la imagen había tres líneas:
Tu madre está viva.
Ernesto sabe dónde está.
Pregúntale por qué Elena Cárdenas ha vivido bajo su protección durante veintiséis años.
Levanté lentamente la vista.
Ernesto se había quedado blanco.
La llave de latón resbaló de mis dedos y golpeó el escritorio.
Alejandro dio un paso atrás.
—Ernesto —dije, con una calma que no reconocí como mía—, ¿dónde está mi madre?
Él abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.
Afuera, al otro lado de la calle, una luz se apagó en una ventana.
Y por primera vez entendí que la traición de mi esposo no era el final de mi historia.
Era apenas la puerta de entrada.
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