La bocina anunció la última llamada para abordar.
Doña Teresa miró hacia la sala de espera, donde sus nietos brincaban emocionados, ajenos a todo.
—Los niños llevan meses esperando estas vacaciones —dijo, como si mi matrimonio fuera un retraso incómodo.
Entonces entendí mi lugar real en esa familia. No era esposa, no era nuera, no era tía. Era la mujer que pagaba, resolvía y no debía hacer preguntas.
—Vayan —dije.
Alejandro me miró, desconcertado.
—No voy a dejarte así.
—Ya lo hiciste.
Su teléfono vibró otra vez. Vi de reojo el encabezado del documento: Revisión patrimonial independiente activada.
—¿Por qué te asustó más eso que verme aquí? —pregunté.
Alejandro palideció.
—Daniela, esos asuntos financieros son complicados.
—¿Qué asuntos?
—Hablemos en casa.
—No. Voy con don Ernesto.
Su expresión se endureció.
—Yo voy contigo.
—No.
—También soy tu esposo.
—Y Ernesto es mi abogado.
La palabra abogado cayó entre nosotros como una puerta de metal.
Mariana miró a Alejandro.
—¿Qué hiciste?
—Nada —respondió él demasiado rápido.
—Esa tampoco es una respuesta —dije.
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