Miré hacia abajo. Alejandro estaba abrazando a aquella mujer por la cintura. Su mamá hablaba con ella con una familiaridad que me apretó el pecho.
—Don Ernesto —dije—, abra el expediente sellado.
Al otro lado hubo silencio.
—¿Todo?
Tragué saliva.
—Todo.
—Daniela, una vez que active eso, no hay vuelta atrás.
—Lo sé.
Escuché teclas. Papeles. Un suspiro.
—Tu padre dejó instrucciones muy claras para este caso.
—Entonces cúmplalas.
Abajo, Alejandro sacó su celular. Primero sonrió, distraído. Después su rostro cambió. La sonrisa desapareció. Se apartó de la mujer. Leyó algo en la pantalla y se quedó inmóvil.
Doña Teresa se acercó a mirar.
Lucía dejó de tomar fotos.
La mujer del vestido beige soltó lentamente la manija de su maleta.
Mi teléfono empezó a vibrar.
Alejandro.
No contesté.
Volvió a llamar.
No contesté.
Llegó un mensaje:
¿Dónde estás?
Yo lo miraba desde arriba.
Toda una década, Alejandro había contado con que yo siempre contestaría.
Ese fue su primer error.
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